El pueblo del olvido

Por razones de mi trabajo, he estado por algún tiempo en la región del Catatumbo colombiano, un hermoso lugar con paisajes deslumbrantes y personas admirables. El Catatumbo es una de las regiones mas golpeadas históricamente por la violencia. Desde el año 1999 al año 2004 masacraron allí alrededor de ocho mil personas.

Pero ni la moto sierra ni el fusil lograron postrarlos. Hoy se levantan como el ave fénix de entre las cenizas, la desolación y la estela de muerte que dejaron los bárbaros. Hay poblaciones fantasmas, cuyas casas, escuelas y parques se pierden en la maleza, como cubriendo dolorosamente los vestigios de la muerte.

Pero quizás lo que mas llama la atención es que aún hay líderes, hay emprendedores que están a la vanguardia de la reconstrucción de su comunidad, luchando ante todo contra el miedo y la incredulidad. Pero siguen ahí, con tesón y valentía proponiendo al gobierno y a las empresas, nuevas formas de subsistencia. Tienen un potencial indiscutido; poseen la capacidad de unión y convergencia y asociaciones de mujeres y campesinos están reconstruyendo el Catatumbo.

Ahora, vuelco mis ojos hacia mi Sevilla. Un pueblo con mayor potencial y mayores posibilidades, un pueblo a orillas del progreso y la modernidad. Se podría decir que aquí, solo bastaría estirar la mano un poco para acceder al desarrollo. En el Catatumbo se requieren ocho horas de trocha después de Cúcuta, para llegar a las polvorientas calles de La Gabarra. 

Si bien es cierto que en Sevilla han ocurrido hechos de violencia, nada comparado con el oriente colombiano. Pero nuestro mayor flagelo es la falta de consenso. Cuantos candidatos se presentan para el Concejo municipal? Cuantos para alcalde?. El que gana nunca es bueno y el que pierde no rodea las buenas iniciativas ni es propositivo. El que pierde sigue luchando por obstaculizar y hacer caer la institución y el que gana se amilana y no lidera procesos importantes.

Sevilla se encuentra tan vulnerable por la falta de unión comunitaria, que cualquier foráneo la puede convertir en botín de guerra política y venir un mes antes de cualquier elección traído por un lugareño, a que se lleve el favor popular porque despreciamos lo nuestro.

Otras fueron las épocas en que el pueblo se expresaba contra el opresor; acciones de civilidad popular, frentes comunes y cívicos y una importante utilización del salón parroquial para la expresión popular.

El último acto de valentía visto en mi pueblo, fue el de unos campesinos que se crucificaron simbólicamente en el puente sobre el río Bugalagrande, para protestar porque el pulpo de la electrificación los amenazaba con dejarlos sin agua en la región. No invito a la sublevación pero si a la reflexión. Cuando miro a las viudas y huérfanos del Catatumbo reunidos por cientos en una ramada a planear su futuro, siento vergüenza de nuestra falta de amor propio, como si alguna herencia maldita de desidia y egoísmo nos hubiera llegado algún día a nuestras manos.

Me resisto a creer que en mi pueblo no haya nacido el líder que conduzca a los sevillanos en torno a un ideario común y desprovisto de intereses personalistas. En algún rincón puede estar a la espera de su oportunidad. Ya esta bueno de politiqueros, pasquines descalificadores y revanchismo. Tomémonos las manos como hermanos que somos y encumbremos a Sevilla hacia los lugares maravillosos de la historia, de los que día a día ha ido saliendo.

Invito a los sevillanos que han logrado conocer otras latitudes y que guardan la esperanza de volver al pueblo de sus quereres, para que con la comunidad residente, evitemos que la maleza de la indiferencia se coma también a nuestras calles.

Cultores, obreros, maestros, sevillanos emigrantes, hombres y mujeres…. Corran la voz, formemos una legión de esperanza para nuestro pueblo, tenemos con qué… pero hablemos en armonía y unión. Empecemos por proponer ideas utilizando EL CIUDADANO EN LA RED y ya veremos cuando podemos sentarnos a las realizaciones, sin politizar ni polarizar las iniciativas.

No es que no se pueda, es que si no nos importa…….
Por: Oscar H. Aránzazu Rendón